La alargada sombra del giscardazo

El 6 de junio de 1980 Leopoldo Calvo-Sotelo apuntó en su agenda de trabajo una sola palabra, en mayúsculas y color rojo: GISCARD. El futuro presidente del Gobierno era entonces ministro para las Relaciones con las Comunidades Europeas y desde hacía casi tres años venía negociando la entrada de España en el Mercado Común cuando se topó con un muro infranqueable: las declaraciones públicas del presidente de la República Francesa en las que solicitaba un freno en la ampliación comunitaria, es decir, el famoso giscardazo. El fallecimiento de Giscard resulta una buena ocasión para recordar aquellos sucesos.

La historia de la Transición a la democracia en España está ligada también a la entrada en las Comunidades Europeas pues en el imaginario colectivo de la época se había llegado a identificar democracia, modernidad y Europa. Por ello cuando el cambio de régimen se había consolidado algunos esperaban una rápida adhesión española. La realidad, en cambio, fue muy diferente. Y es que la Comunidad Europea se había forjado en torno a algunas ideas y principios, pero también como la suma de intereses de cada uno de sus miembros. Y la figura del presidente de la República francesa apareció así como el principal reflejo de la intransigencia comunitaria frente a los intereses españoles. Más aún cuando, de alguna manera, Giscard había pretendido apadrinar al rey Juan Carlos en los inicios de la nueva democracia española.

El paso del tiempo permite entender mejor algunos de aquellos acontecimientos.

Por un lado, resulta innegable que Giscard (y, posteriormente, su sucesor François Mitterrand) puso numerosos reparos a una rápida integración española en la Comunidad Europea y que retrasó el ritmo de unas negociaciones que se abrieron oficialmente en febrero de 1979 y que no se consiguieron cerrar hasta junio de 1985. Impuso un formato de negociación que no se había utilizado en el primer proceso de ampliación (que culminó en 1973 con la adhesión de Reino Unido, Irlanda y Dinamarca) y dilató deliberadamente el estudio de algunos de los aspectos más importantes y polémicos, como la cuestión agrícola. Tanto fue así que el primer equipo negociador español, encabezado por Leopoldo Calvo-Sotelo, diseñó una estrategia diplomática en territorio francés para tratar de mostrar a la sociedad, la política y los sectores económicos galos los aspectos positivos de la entrada española. El plan demuestra el conocimiento que había en nuestro país sobre el peso francés en el seno comunitario y el miedo que mostraban a la entrada española. Sin embargo no tuvo éxito, ya que las declaraciones de Giscard en junio de 1980 mencionadas al comienzo de este artículo supusieron una suerte de veto sobre algunos temas de la negociación que imposibilitaron su finalización en el calendario originalmente previsto.

Por otro lado, se puede contextualizar algunas de las razones de Giscard. El miedo a la competencia agrícola española en las regiones del Sur francés era cierto y se hizo particularmente presente con la proximidad de las elecciones presidenciales de 1981. Se intuían muy reñidas en aquellos departamentos galos y convirtieron a España y su entrada en las Comunidades en un tema de campaña. También era particularmente delicada la propia situación comunitaria, dividida internamente sobre el camino que debía seguir y envuelta en una profunda crisis económica. Estos hechos objetivos no ocultan, sin embargo, que la actitud distante del presidente francés con las autoridades españoles y, de modo singular, la poca colaboración que ofreció en la persecución del terrorismo de ETA, haya dejado un mal recuerdo sobre su papel en aquellos años decisivos de la reciente historia de España.

 

Jorge Lafuente del Cano

Profesor de Historia e Instituciones Económicas

Universidad de Valladolid

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