¿La verdad o la mentira?

-¡Eso es mentira!

¿Qué es lo que tendrá la verdad para la inocencia del niño? Sorprende observar que esos pequeños, que casi no saben hablar, tengan la capacidad infalible para detectar una mentira. Esta les irrita sobre manera y más si procede de adultos, no digamos si se trata de sus padres…

¿Después, a lo largo de la vida como adultos, cambiamos y la aceptamos? Pienso que no, que seguimos sin aceptarla cuando somos sus víctimas; si bien la justificamos con más facilidad cuando somos los mentirosos. Incluso, entre quienes no aceptan que les mientan, están los que niegan que la verdad exista. Algo que supone una profanación del sentido común de tales proporciones que termina por provocar daños irreparables en la inteligencia. Porque decir “la verdad no existe, pero… no se te ocurra mentirme” no parece ni lógico, ni coherente. Se la exigimos a los médicos cuando acudimos a sus consultas, a los restaurantes en sus cartas, a quienes nos venden una entrada de las caras para el teatro… ¿Es imaginable que, sirviéndose del argumento de que la verdad no existe, el médico nos modificara el diagnóstico y con ello el tratamiento? ¿Que el camarero nos trajera sardinas, por mucho que nos gusten, en lugar del lechazo pedido? ¿O que fuéramos a sentarnos y la butaca estuviera en el más apartado de los anfiteatros, con viga delante y ya ocupada? Resulta proverbial mencionar, al menos, el fenómeno de las “fake news”. La prensa tradicional ha encontrado precisamente en la verdad un argumento con el que defenderse de la alarmante pérdida de audiencia que viene experimentando desde hace años: el público debe contar con referencias ciertas para formar su opinión, pero cuando estas son tan difíciles de encontrar, las opiniones, el sentido crítico, las ideas y la reflexión están, cuando menos, en vías de extinción. Lo grave es que, como no hay verdad, tendríamos que aceptarlo… Quienes huyen de ella la necesitan, pero es muy, muy, molesta puesto que, aceptada la verdad, no queda otra que aceptar la Verdad.

No existe nada, ni un solo ámbito, que pueda edificar algo sólido, perdurable, seguro, si falta la verdad.

Los ejemplos anteriores son claros, pero reflexionemos brevemente ahora en lo que supone la mentira en el ámbito de las instituciones, de cualquier estilo: las garantías jurídicas de las personas, los contratos… ¿Dónde se llegaría? Por desgracia, lo que estoy diciendo, no necesita de la imaginación. Es un mal muy extendido y, sus consecuencias, las pagamos todos. Mentiras dichas desde los Ayuntamientos, Comunidades Autónomas, Gobierno de España… Parece que las hayamos aceptado como algo inevitable y esto es muy preocupante. Un político cazado en una mentira, debiera dimitir en minutos mejor que en horas y buscarse un trabajo en el que aceptaran tramposos: no le será fácil encontrarlo. En el nivel más alto de nuestras instituciones, para empezar y por ejemplaridad, la permisividad con la mentira debiera ser cero. Por el contrario, dicha y comprobada una mentira, al día siguiente o en cuestión de horas, su autor vuelve a comparecer y a emitir con absoluta impunidad.

La pandemia, entre otros males, ha dado lugar a un colosal repertorio de mentiras pronunciadas para salvar el sillón. Esta estrategia, que ni siquiera pudiera definirse como cortoplacista, sino más bien inmediatoplacista, corroe en lo más profundo una de las bases de nuestro sistema que es la confianza y disuelve así nuestras instituciones.

¿Vamos a aceptar que en España salga gratis mentir?

Opto por la verdad.

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