Se hace tarde y anochece

Robert Sarah (2020): “Se hace tarde y anochece”. Palabra

Con esta obra finaliza la trilogía de entrevistas a Robert Sarah (Guinea Conakry, 1945) realizadas por el periodista francés Nicolas Diat. Si hay algo que caracteriza a Robert Sarah es el rigor y solidez de su argumentación y la independencia de su pensamiento, capaz de desafiar modas y no someterse a la denominada “corrección política”, especialmente si se tiene en cuenta que sufrió en sus carnes la opresión de la dictadura marxista de Seku Turé. Es cierto que Sarah es un cardenal católico pero en esta obra se dirige a todos los hombres y mujeres de hoy en día, ya sean creyentes, agnósticos o ateos; occidentales, latinos, asiáticos o africanos; cualquiera que sea su opción política o su pensamiento en materias económicas o sociales.

A lo largo de las 432 páginas el autor constata la crisis occidental, una crisis a la que diagnostica un fundamento antropológico, ocasionada por la fragilidad de las relaciones humanas y familiares. Según él, la crisis de identidad del hombre y de la mujer modernos ha venido exacerbada por una dinámica de oposición entre los sexos, que desaprovecha la complementariedad sexual. En este marco, la ideología de género -según la cual nuestras nociones de feminidad y masculinidad, en lugar de estar fundadas en la biología, son creaciones culturales que habría que deconstruir para librarse de ellas- desempeña un papel relevante y contribuye a desdibujar las aportaciones de cada ser humano a la sociedad.

También alerta contra una excesiva comercialización de nuestra sociedad que tiene diversas manifestaciones. Así, por ejemplo, en algunos casos la publicidad reduce el cuerpo humano (con frecuencia, el femenino) a la categoría de mercancía. En esta misma línea, el transhumanismo refleja un cierto odio del hombre a su propia naturaleza, que le lleva a tratar de reinventarse incluso a costa de desfigurarse irremediablemente. En ese sentido, propone una apuesta clara por la vida de todos, sanos o enfermos, válidos o discapacitados. Se trata de promover una cultura inclusiva, una cultura de la vida que encare la “cultura de la muerte” que va apoderándose de nuestra sociedad. Es loable en este punto la generosidad de tantas personas que se entregan a cuidar a los demás y a atenuar sus sufrimientos a través de los cuidados paliativos.

Desde la perspectiva de un africano formado en Europa, Sarah anima a nuestro continente a asumir su papel de casa universal, abierta a la vida, a la espiritualidad, a sus raíces. El progreso consiste en transmitir los logros del pasado y no considera ese anclaje como determinismo, sino la condición de nuestra libertad. Por lo tanto, Europa no debe avergonzarse de sí misma y de su legado. Europa recibió una responsabilidad especial y, durante muchos siglos, respondió generosamente a esa llamada. En su juventud, mientras vivió en África, Sarah pudo apreciar los frutos más espléndidos de la colonización occidental, esos valores culturales, morales y religiosos que los franceses transmitieron a sus compatriotas. Por eso afirma sin complejos que puede considerarse hijo de una colonización constructiva.

Esa mirada crítica y poco autocomplaciente también se extiende a la Iglesia, cuando aborda cuestiones comprometidas como los escándalos por pederastia o el proceso de secularización. La Iglesia no debe sucumbir a la tentación de romper con su larga historia. Lleno de esperanza y de realismo aboga por una vuelta a las esencias, por transmitir al hombre del siglo XXI el mensaje espiritual que la Iglesia ha predicado desde hace siglos, por el encuentro personal del hombre con Dios y el reconocimiento de la misericordia y el perdón. De esta manera el hombre se encontrará a sí mismo y saciará ese anhelo de felicidad inherente a la naturaleza humana.

 

Félix J. López Iturriaga

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