La especialización como la clave del éxito, o tal vez no

Parece que por fin este año 2020 ha llegado a su final y, más allá de las menciones obvias acerca del coronavirus y como este ha llenado (y se ha llevado) todo aquello que dábamos por sentado, quizás sea buen momento para llevar a cabo determinadas reflexiones.

Hemos hablado de salud, de economía, de civismo y, sin embargo, parece que el único aspecto sobre el que ha existido una auténtica entente cordial ha sido el hecho de que nos enfrentábamos, como sociedad, a algo que ni conocíamos, ni esperábamos y para lo que sin duda alguna no estábamos preparados.

Es en este punto donde cabe llamar la atención sobre la única certeza respecto de la que quizás, no se haya reflexionado lo suficiente: la necesidad de adaptarse al cambio como única forma real de progreso. En mi opinión existiría una segunda certeza, si bien en este caso podríamos decir que es más una convicción personal, un desiderátum, fruto de mi optimismo impenitente, discutida y discutible en muchos casos, pero nada desdeñable: la capacidad del ser humano para superar cuantas adversidades encuentre en su camino.

En relación precisamente con la primera de las certezas a las que se hacía referencia, vemos cómo el mercado laboral, no importa la profesión u oficio de que se trate, ha encontrado la forma de combatir esa necesidad mediante una posible solución: la especialización. Resultaría absurdo cuestionar que el mercado demanda especialización. No se trata de una tendencia propia de un sector u otro de la actividad, sino que es algo palmario y que puede constatarse en todos los ámbitos de la actividad humana; y ciertamente parece lógico, ante un entorno cambiante cada vez más complejo y dinámico, la especialización se antoja no solo deseable, sino como absolutamente necesaria.

Si bien es cierto que este cambio constante justificaría por sí mismo la vía de la especialización, cabría apreciar un elemento adicional que, tal vez de manera solapada, debe tomarse muy en consideración pues podría estar jugando igualmente un rol fundamental: la tecnología. Parece evidente que no se trata de algo novedoso ni que afecte por igual en todos los ámbitos, pero resulta igualmente innegable el hecho de que precisamente como respuesta a esa cohabitación cada vez mayor entre el ser humano y los avances tecnológicos, cualesquiera que estos sean, de manera natural, casi inconsciente, tratamos de medirnos, cuando no batirnos, con aquello a lo que precisamente una persona previamente ha dotado de “vida”.

La inteligencia artificial o el big data son solo dos ejemplos de lo que está por venir y del mundo de posibilidades casi infinitas que se abren ante nuestros ojos. Es en este contexto donde la especialización se antoja como la respuesta lógica a estos avances y, en línea con la segunda de las certezas a las que se hacía referencia previamente, la capacidad del ser humano para vencer obstáculos, adquiere si cabe más sentido.

Sin embargo, a pesar de mi querencia por ver el vaso medio lleno, surgen preguntas para las que no me convencen las respuestas.  Es cierto que suele alegarse que cambiará la forma de trabajar, que se modificará el tipo de puesto de trabajo actual e incluso que nuestra misión será, en última instancia, controlar y guiar esas máquinas que vendrían a suplir nuestro actual desempeño.  Pero no es menos cierto que a día de hoy el hombre se afana en especializarse en tareas que, antes o después, una máquina podrá realizar.

Tanto en “Un mundo feliz” como en “1984”, las dos célebres distopías de Huxley y Orwell, el ser humano ha llegado a un estado de alienación tal que es difícilmente reconocible. No importa si se produce a través de aspectos positivos (el placer y el soma) o de elementos negativos (el miedo y la represión), el desenlace es similar: mientras el ser humano ha perdido el control sobre su propio destino, los avances tecnológicos siguen el suyo de manera inexorable.

Se podría objetar sin duda que los dos títulos anteriores no dejan de ser ejemplos de literatura, prácticamente ciencia ficción y que en el mismo capítulo podríamos también traer a colación a “Terminator” o cualquier suerte de fábula hollywoodiense sobre la lucha entre las máquinas y el hombre.

Es por ello que, puesto que venimos hablando del cambio y la necesidad constante de adaptación, no puede dejar de citarse al sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman, padre precisamente del término “modernidad líquida” y que define a la perfección la primera de las certezas a las que nos hemos referido. Sin embargo, interesa en este punto poner de relevancia los estudios realizados en su obra “Modernidad y Holocausto”. Dicho libro es, ante todo, una llamada de atención frente a lo que cualquier ser humano puede realizar bajo determinadas circunstancias. Merece la pena leerlo por muchos motivos, pero lo más impactante es descubrir con estupefacción cómo las mayores aberraciones pueden ser cometidas por personas “normales” y que el propio lector podría formar parte de ellas, siempre que se lleven a cabo en nombre de la ciencia, del progreso o del beneficio de la humanidad. De este modo, sorprende la tesis del autor cuando revela que nada más absurdo que pensar en el holocausto como el engaño masivo a más de 50 millones de personas que creyeron en las bondades del nazismo de la noche a la mañana, en lugar de verlo como un proceso meticuloso de cosificación del diferente, de invisibilidad del otro y, lo más impactante, el hecho de que nunca habría sido posible sin el trabajo realizado por abnegados profesionales que, simplemente, cumplían con su deber. Es decir, pone de manifiesto la simbiosis perfecta entre excepcionales trabajadores por un lado y, al mismo tiempo, seres humanos miopes en todo lo que exceda de su cometido, por otro.

Lo anterior, sin duda, no significa que la especialización por sí misma pueda convertirnos en seres sin escrúpulos o capaces de las peores atrocidades. En el lado opuesto, la filósofa Hannah Arendt concebía la especialización como un proceso capaz de convertir los procesos laborales en una serie de innumerables actos individuales de expertos, donde la responsabilidad y el poder se repartirían, evitando de este modo los excesos del pasado. Lamentablemente, la realidad se ha encargado, especialmente en los últimos años, de poner en entredicho un razonamiento que ciertamente y desde el punto de vista teórico resultaba excelso.

En última instancia, lo que interesa aquí destacar no es otra cosa que el hecho incontestable de que la enorme especialización limita, en cierta medida, nuestra capacidad para afrontar cuestiones relacionadas con sistemas complejos y multidimensionales.

No se trata por tanto de plantear visiones apocalípticas para cuestionar la necesidad de la especialización, sino más bien de poner de manifiesto lo absurdo que resulta iniciar una batalla frente a los avances tecnológicos que, casi con toda seguridad, el hombre no está capacitado para librar. En otras palabras, ¿qué sentido tiene especializarse en tareas híper concretas cuando, de antemano, sabemos que dichas tareas acabarán realizándose por máquinas y que en la medida en que se trate de meras labores mecánicas serán realizadas de forma más eficiente por aquellas? ¿no es incluso más absurdo cuando dicha competición se lleva a cabo con unas reglas de juego que ponderan cualidades que son propias de las máquinas en perjuicio de las inherentes al ser humano? Frente a esto, suele afirmarse que una máquina nunca podrá compararse a un ser humano, pues las relaciones sociales son, simple y llanamente, inmanentes al ser humano y por tanto insustituibles e inimitables.

Pero es en este punto donde aparece la gran pregunta para la que no se encontraría respuesta o, lo que es peor, la existente en la actualidad no resultaría excesivamente halagüeña: ¿cómo poner en valor una serie de habilidades si olvidamos cultivarlas? El denominador común de Huxley, Orwell y Bauman no es ni mucho menos la ausencia de todas ellas en el ser humano, sino la atrofia de las mismas por su absoluta falta de uso; o, mejor dicho, por su sustitución a favor de meros conocimientos técnicos. De hecho, lo anterior constituye precisamente el nexo entre las dos certezas a las que se ha hecho referencia al principio: es precisamente la evidente necesidad de adaptación al cambio, lo que debe hacernos cultivar con más énfasis si cabe aquellas armas que son propias y características del ser humano pues, sin ellas, no será posible alcanzar la segunda de las certezas (la capacidad de salvar cualesquiera obstáculos que encuentre en su camino).  Los retos y desafíos a los que el hombre se enfrenta son, cada vez, más complejos y requieren de soluciones multidisciplinares. Solo a partir de un saber transversal, que vaya más allá de los meros conocimientos mecánicos podrá el ser humano librar y salvar la batalla que tiene ante sí.

Hace unos días se aprobaba la enésima ley de educación de la democracia. Parece que una vez más las humanidades no saldrán especialmente bien paradas. Poner en valor su importancia y la necesidad de cultivar las mismas no son un mero ejercicio de autocomplacencia o, como acertadamente apunta el profesor Quintana Paz, un ejercicio de clasismo elitista reservado para unos pocos. Se trata, sencillamente, de volver la mirada hacia lo que realmente nos ha llevado hasta aquí, lo que nos diferencia del resto de animales, pero también de cualquier avance tecnológico. Es un soplo de aire fresco en nuestras agendas repletas de compromisos del día a día, una forma de rendir tributo a la cultura y los valores que nos han hecho llegar donde estamos, pero también (y sobre todo) la única forma de avanzar con paso firme hacia el futuro.

Durante más de dos mil años el hombre ha vivido creyendo que las sombras que veía enfrente de sí eran la realidad. Sin embargo, siempre ha conseguido escapar de la caverna y contemplar la luz del sol, haciendo que el mito de Platón quedara reducido a unas pocas páginas de los libros de filosofía. No seamos nosotros mismos quienes, a partir de soluciones coyunturales, tapemos la vía de salida; de lo contrario, estaríamos condenándonos a un futuro de sombras al albur de quien controle el fuego del que proviene nuestra falsa realidad.

 

César Herreras

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