La mente de los justos: Por qué la política y la religión dividen a la gente sensata

Jonathan Haidt (2012): “The Righteous Mind: Why Good People Are Divided by Politics and Religion”. Penguin.

Han transcurrido casi diez años desde que el popular psicólogo social Jonathan Haidt publicase este libro y, sin embargo, creo que su lectura sigue constituyendo un ejercicio de reflexión extraordinaria para tener debates políticos, morales y religiosos más constructivos. En concreto, el autor desarrolla el libro en torno a dos preguntas: ¿Por qué la gente tiene creencias tan dispares? ¿Por qué las opiniones de otras personas nos pueden parecer ilógicas? A lo largo del libro, Haidt se apoya en sus investigaciones en psicología evolutiva y moral para responder ambas preguntas en torno a tres puntos.

“La intuición viene primero, el razonamiento estratégico segundo”.

El primer principio de la psicología moral establece que los seres humanos seguimos un proceso cerebral muy concreto cuando debemos llevar a cabo juicios morales, es decir, cuando decidimos si un comportamiento humano que involucra a varias partes es correcto o no. En primer lugar, casi de manera automática, sentimos una intuición en torno al problema moral que debemos hacer frente. Posteriormente, nuestro razonamiento se centra principalmente en buscar justificaciones a nuestra intuición previa.

Esta observación puede parecer desesperanzadora si aspiramos a sostener nuestras opiniones morales en la razón, debido a que nuestros juicios están considerablemente influidos por emociones o sensaciones automáticas. No obstante, ignorar nuestros sesgos cognitivos puede tener consecuencias más nocivas. Creer que es fundamentalmente un proceso de razonamiento objetivo lo que guía, o pueda guiar nuestros principios morales, nos hará más soberbios, al creernos más infalibles y racionales; y, sobre todo, más inflexibles porque los seres humanos somos muy torpes a la hora de encontrar y reflexionar sobre opiniones contrarias a nuestras creencias, puesto que nos incomodan, y tendemos a profundizar únicamente en aquellas que las sostienen.

Por el contrario, si aceptamos este principio de la psicología moral, seremos más humildes al ser conscientes de nuestras propias limitaciones; más pacientes con otras personas cuando creamos que siguen razonamientos poco lógicos; y finalmente, sentiremos menos frustraciones con nuestras propias contradicciones. Además, no todo está perdido. Nuestras intuiciones son moldeables porque están influidas por nuestras experiencias personales, así como por nuestro carácter. Por lo tanto, la lectura y la conversación pueden darnos razones o argumentos que en ocasiones alteran nuestras intuiciones, llevando a cabo un juicio racional más equilibrado.

“Hay más en la moral que justicia y daño”

En la segunda parte del libro, Haidt argumenta como la psicología moral ha identificado al menos seis dimensiones sobre las que los seres humanos razonamos moralmente: Cuidado/Daño, Justicia/Trampa, Libertad/Opresión, Lealtad/Traición, Autoridad/Subversión, y Santidad/Degradación. Al margen de criterios normativos, el pluralismo moral es descriptivamente cierto: el dominio moral varía a lo largo del espacio y el tiempo.

En general, las sociedades occidentales enfatizan más criterios de justicia y daño, mientras que las sociedades orientales son más equilibradas a lo largo de las seis dimensiones. Sin embargo, también es cierto que todas las dimensiones afectan nuestros juicios en algún grado, y la diferencia recae principalmente en el peso asignado a cada una de ellas. Haidt no es un relativista moral, pero sí es pluralista. Considera que tener en consideración todas las dimensiones nos ayuda a comprender a aquellos con los discrepamos, y a ponernos en su lugar. Y nos anima a sospechar de aquellos que defienden una única moral verdadera para todo el mundo, tiempo, y geografía; especialmente si recae en una sola de las seis fundaciones morales.

“La moral ata y ciega”

El tercer principio moral sugiere que los individuos perseguimos mayoritariamente nuestro propio interés, pero al mismo tiempo también tenemos intereses grupales. Utilizando una de sus metáforas, “somos 90% chimpancés, y un 10% abejas”. Fruto de un proceso evolutivo desarrollado no solo individualmente sino también grupalmente, los humanos somos seres egoístas que queremos formar parte de algo más grande y noble que nosotros mismos.

La importancia de este principio en cuanto a la discusión política y religiosa consiste en abrir nuestras miras hacia ciertos comportamientos grupales que pueden parecer absurdos y, al contrario, tienen un significado trascendental que fomentan la cooperación y convivencia de seres humanos a gran escala. En este aspecto se refiere a conceptos tan relevantes como las religiones o las naciones, pero también a otros conceptos más mundanos como los deportes, empresas o los partidos políticos.  Los humanos tenemos la habilidad de perseguir objetivos ideológicos que van más allá de los nuestros individuales, y somos capaces de conformar grupos con otros individuos para satisfacerlos.

Simultáneamente, Haidt nos advierte que cuando ese proceso sucede en ámbitos políticos o religiosos, nuestra visión moral nos ata a otros individuos en grupos ideológicos que pueden llegar a enfrentarse como si el destino del mundo dependiera de quien gane la batalla. Además, nos puede cegar el hecho de que cada equipo está compuesto de miembros con buenas intenciones que tienen algo que aportar al debate público.

¿Podemos estar en desacuerdo más constructivamente?

Basándose en los tres principios mencionados, Haidt nos dice que los seres humanos estamos divididos por razones políticas y religiosas debido a que nuestra mente ha sido diseñada por un proceso evolutivo grupal, y no porque haya individuos buenos y malos. Somos criaturas intuitivas cuyos razonamientos están fuertemente influidos por nuestras emociones. Esto hace que en ocasiones sea complicado que conectemos con individuos cuyas opiniones morales son muy diferentes. No obstante, es imprescindible que retemos nuestras intuiciones leyendo y conversando sobre ideas distintas. La esperanza de este libro consiste “en hacer la conversaciones políticas, morales y religiosas más comunes, más civiles, más divertidas, y con más pluralismo”, que reflexionemos con una actitud empática, interesada, y buscando puntos de encuentro.

Álvaro Jáñez García

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