Margaret Thatcher: la revolución conservadora

En 1993, tres años después de su dimisión, Margaret Thatcher publicó su primer libro de memorias, Los años de Downing Street. Se refirió así a los momentos previos a su llegada al poder: “El 28 de marzo de 1979 el Gobierno laborista de James Callaghan, el último Gobierno laborista hasta la fecha, y quizás el último en la Historia, perdió el poder”. La aparente hipérbole es un buen reflejo de su personalidad y de su influencia en la política británica. Ciertamente, en 1997 Tony Blair ganó las elecciones y, sin embargo, su Nuevo Laborismo poco tenía que ver con el de los años 70. Esa drástica transformación del oponente —que adoptó parte del programa thatcherista— fue uno de sus mayores logros. Margaret Thatcher, primera mujer jefa de Gobierno en Europa (1979-1990), es una de las personalidades más destacadas y divisivas del último tercio del siglo XX. Su influencia en el giro liberal de la política británica —imitado en numerosos países— y su peso en el final de la Guerra Fría se intercalan con un carácter duro y fuerte que consideraba el consenso como una debilidad lo que, de facto, la convirtió en enemigo para muchos sectores de su país.

Sus modestos orígenes tuvieron una influencia capital. La Dama de Hierro nació en 1925 en la pequeña localidad de Grantham, donde su familia metodista regía una tienda de comestibles. A su vocación científica, que desarrolló en la Universidad de Oxford licenciándose en Químicas (más tarde lo haría también en Derecho), se le unió pronto el interés por la política. Tras un breve periodo de trabajo en la empresa, Thatcher se convirtió en diputada en 1959. Comenzó entonces una carrera imparable hasta convertirse en ministra en 1970. En aquellos años la política británica experimentaba una fuerte inestabilidad a la que no era ajena la recesión económica: cuando el resto de Europa crecía, a partir de 1950, Gran Bretaña lo hacía en menor medida. Cuando llegó la crisis del petróleo, en 1973, lo sufrió más. El punto culminante se produjo en 1978, durante el “invierno del descontento”: numerosas huelgas paralizaron un país en el que “no se recogía la basura ni  se enterraba a los muertos”. Thatcher se había convertido en líder del Partido Conservador y jefa de la oposición en 1975. Clamaba desde entonces por un cambio radical en la dirección del país, abandonando el consenso socialdemócrata, a pesar de la reticencia de parte de sus propios compañeros.

En las elecciones de mayo de 1979 se convirtió en primera ministra y comenzó a aplicar su programa: reducción del peso del Estado, bajada de impuestos, privatización de empresas públicas, venta de casas en alquiler a sus arrendatarios, desregulación del sistema financiero. Lo que ella denominó “capitalismo popular” y sus rivales “neoliberalismo”.  Los primeros resultados tardaron en llegar y la popularidad del Gobierno se tambaleaba, pero la primera ministra se negó a cambiar el rumbo. Un hecho vino a modificar todo: la invasión argentina de las Malvinas en 1982. La contundente victoria británica supuso un fortísimo respaldo electoral en las elecciones del año siguiente. Thatcher impulsó su programa electoral con positivos resultados en la legislatura 83-87, que tuvo también dos momentos clave: el atentado del IRA de 1984, en el que salvó milagrosamente la vida, y la “guerra interna” (1984-1985) contra el sindicato minero liderado por Arthur Scargill. En 1987 consiguió su tercera victoria electoral por mayoría absoluta. En esa legislatura potenció su imagen internacional, donde fueron famosas sus relaciones con Reagan y Gorbachov. También su difícil relación con la CEE: en 1984 había obtenido un reembolso de la contribución británica, pero se mostró inflexible en cualquier atisbo de federalización del proyecto europeo. Esta circunstancia, junto con la introducción de un nuevo impuesto (la poll tax) y el cansancio ante las agresivas formas del primer ministro más longevo del siglo, culminó en una rebelión interna de los diputados tories que le llevaron a la dimisión en noviembre de 1990. El golpe palaciego supuso un duro revés del que tardó en recuperarse. Falleció en 2013 tras un derrame cerebral. Con el paso del tiempo su figura, siempre controvertida, se ha convertido en objeto de estudio entre los grandes de la pasada centuria.

 

Jorge Lafuente del Cano

Artículo publicado originalmente en Expansión (12 de julio de 2021). Agradecemos al periódico la autorización para reproducirlo en nuestro blog

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