Ahora que el curso comienza

Por razones que no vienen al caso y sería largo desarrollar, estudio en estos días el siglo XIX español. Este hecho me ha ayudado a recordar mis tiempos de estudiante de 3º de BUP (1º de Bachillerato actual). En ese curso, nuestra sabia y exigente profesora de Historia de un Instituto Nacional de Bachillerato -como se llamaba entonces a los Institutos- nos exigió el conocimiento profundo de muchas cuestiones, entre otras del constitucionalismo español de ese siglo. Eso incluía la capacidad de identificar de qué Constitución se trataba a partir de un texto mudo. Uno de los exámenes consistió precisamente en eso, tres fragmentos diferentes de textos de alguna de esas constituciones a identificar y diferenciar. Hubo hasta seis textos constitucionales en ese siglo… Apreciar sus diferencias suponía capacidad de razonamiento a partir de conceptos abstractos, pero que favorecían el pensamiento crítico. Podría decirse que, entre otras cosas, cuando llegáramos a los 18, dispondríamos de sistemas para pensar nuestro voto.

No éramos alumnos de letras, ni de asignaturas muy específicas de Derecho Constitucional o Historia del siglo XIX español, sino chicas y chicos de 16 años y sí, de “la pública”. Éramos estudiantes a quienes, recién llegados al Instituto, casi ni adolescentes, se nos anunció que en Matemáticas habría un examen de mínimos, antes de cada evaluación, en el salón de actos. Este ejercicio era llave para poder después examinarse de la asignatura: si no lo superabas, ni siquiera te examinabas de la evaluación. Se lograba así que aprendiéramos cosas.

Por aquel entonces “la pública”, comparativamente con muchos menos recursos que ahora, era donde se impartía la enseñanza “top” en España, al menos en las pequeñas capitales de provincia: lo que yo conozco. En la privada se aprendía mucho menos, como después se comprobaba en una Selectividad, que era más selectiva que la actual EBAU, y en la que los centros no competían por presentar muchos estudiantes o por figurar en ningún ranking.

¿Qué ha podido pasar para que, invirtiendo muchos más recursos por alumno, reduciendo el número de alumnos por clase, disponiendo de medios para acceder al conocimiento como nunca antes se ha dispuesto, nuestros estudiantes sepan muy poco y, lo que es más grave, no tengan interés por nada que se refiera al conocimiento? Es evidente que se trata de una generalización. En todo caso, en relación con los recursos destinados y los medios disponibles, todos los indicadores y resultados debieran ser mucho mejores que antaño.

Con suerte, algún alumno hoy sabe que en España hubo una Constitución en 1812, le hizo gracia eso de “la Pepa”, y se le quedó. Lástima que, ese mismo alumno, piense que esa es la Constitución que hoy rige los destinos de los españoles y que, por tanto, es lógico que haya “gentes” que reclamen modificaciones en la Constitución, que apoya acríticamente y con gran convencimiento… e ignorancia. Carecen del sentido del ridículo y, en su particular lucha por permanecer ignorantes, contraatacan y dicen que esas cosas no sirven para nada, pero ni esas ni ninguna otra claro está.

Con la necesidad que parecen tener los dirigentes públicos de ocultar los problemas, de no poner puntos a las íes, de no llamar a las cosas por su nombre, de tirar para adelante, se nos insiste en que estamos ante las generaciones de españoles mejor formados. Algo que choca de frente con la evidencia: tozuda ella.

El resultado: títulos cada vez más inservibles en el mercado laboral y más que probable merma a medio plazo en la calidad de todos los servicios públicos: desde médicos a jueces, desde diplomáticos a inspectores de Hacienda, desde Guardias Civiles a cualquiera de los niveles del funcionariado. Se perciben asimismo alarmantes niveles de pérdida de competitividad de la economía española. En ello intervienen muchísimos factores, pero, en las economías del conocimiento, efectivamente, uno es el conocimiento.

El diagnóstico, no por fácil menos doloroso, es que el sistema está fracasando rotundamente. Se añade a este diagnóstico, todavía más doloroso, el hecho de que el fracaso educativo, en todos los niveles -obligatorio y superior- y toda escala -familiar e institucional-, no deja de ser un síntoma más del desquiciamiento y crisis de nuestra sociedad europea, muerta de éxito, que se tambaleaba desde tiempo atrás y que ahora parece difícil que, tras el golpe de realidad que ha supuesto la peste del siglo XXI y el fracaso en Afganistán, recupere el equilibrio y no acabe de bruces contra el suelo arrollada por sus enemigos, que los tiene.

Ante este panorama, y ahora que comienza el curso, ¿algo esperanzador? Claro, siempre hay razones para la esperanza, si bien, en mi opinión, estas habrá que encontrarlas en otros espacios diferentes, y distantes, de los caladeros antes habituales: “lo oficial” ha dejado de ser garantía de éxito y esto, más bien pronto que tarde, ayudará a que la sociedad civil genere mecanismos de defensa y respuesta adecuados ante tanto papanatismo, como lo ha hecho la ciencia para abordar la lucha contra el coronavirus. No olvidemos que la política es un medio y que, si no funciona y es caro, se encontrarán otros que permitan el triunfo de la cordura.

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