
El pasado 27 de octubre, el sindicato estudiantil convocó una huelga general estudiantil en toda España. La defensa de la Salud mental y la Educación Pública constituían sus principales reivindicaciones. No obstante, el presente texto no pretende enfocarse en los motivos de la huelga, su conveniencia o contenido, sino en describir y reflexionar sobre una serie de acontecimientos ligados a esta concentración.
En primer lugar, quisiera mencionar que soy tutor de 4º de la ESO en un Instituto Público donde mis alumnos, al igual que muchos otros, han secundado la huelga. Bueno, a su manera. Tristemente, y pese al valor intrínseco de este derecho, muchos somos conscientes de que estas huelgas constituyen la ocasión perfecta para evitar asistir a clase y pasar el día en otros menesteres más placenteros.
Ese mismo día, los alumnos de 4º de la ESO, 1º y 2º de Bachillerato, tenían la oportunidad de acudir al festival de cine de la Seminci. De 10:30 a 14:30 serían trasladados a Valladolid para ver una de las películas del festival y, a su término, retornar de nuevo al Instituto. Es decir, esa jornada lectiva constaría de dos horas de clase y 4 horas dedicadas a la actividad mencionada. Como puede empezar a intuirse, mis alumnos decidieron hacer huelga durante las dos primeras horas de clase y acudir al festival de cine a ver la película, las 4 horas restantes.
Al enterarme, les hablé de la incoherencia de su comportamiento, del carente sentido que tenía manifestarse en contra y a su vez participar en una actividad que organizaba el mismo Sistema. Me encantaría poder afirmar que, al menos, acudieron a ver la película por su interés genuino y desenfrenado por la Cultura o el séptimo arte o, por el aprecio que genera realizar una actividad menos común. Pero no, acudieron porque tal y como ellos me confesaron, el importe de la excursión ya había sido pagado de forma anticipada a su noción sobre la huelga.
De este breve relato me surgen algunas reflexiones:
- Nada es gratis
No solo es el título de un gran blog de Economía, sino que evidencia una clara realidad. Todo tiene un coste, bien contable o de oportunidad, pero nada es gratis. Tristemente, mis alumnos no son conscientes de que la formación que reciben está siendo pagada indirectamente por ellos mismos. Por el contrario, acuden a la actividad porque ahí sí ha sido abonada previamente por ellos. Aquí, han sido conscientes de que, de su bolsillo, salía una cantidad de dinero para pagar algo. Con la Educación, no tienen esa sensación. Consideran que les es dado y pagado por “otros”, pero no tienen la percepción de que estén aportando su dinero, de ahí que no lo valoren.
- Los costes hundidos
En ocasiones, se toman decisiones en base a costes que ya hemos asumido en el pasado, pero que no deberían ser tomados en cuenta. Un ejemplo tonto es el del señor que acude a un restaurante a comer una paella que ha reservado y pagado con antelación. Después de haber comido un plato de paella, ya está plenamente saciado. Sin embargo, decide comerse la paella entera “porque ya está pagada”. Es consciente de que ya no puede más y de que la utilidad marginal de comer otro bocado no solo va a ser decreciente, sino también negativa, es decir, sabe que le va a sentar muy mal, pero aún así, decide terminarla “porque ya está pagada”.
Pues, lamentablemente, mis alumnos no fueron conscientes de este concepto económico. Si decides hacer huelga, y perder la oportunidad de ir a la Seminci, haces huelga, ya que esta decisión te genera un beneficio mayor. Y está bien decidido, pero ejecútalo con independencia de los costes previos, que ya son irrecuperables.
- La suerte que tenemos.
Vivimos en una sociedad donde existe la posibilidad de elegir, reivindicar y reclamar derechos. El derecho a huelga, al igual que otras muchas conquistas sociales, han sido consecuencia del espíritu y valentía de miles de personas. Conforme escribo, me viene a la mente la canción de “Juan sin tierra” del grupo vallecano Ska-P, uno de mis favoritos en la adolescencia. Parte del estribillo narra el asesinato del cantautor chileno Víctor Jara por la posterior dictadura de Pinochet:
“Le cortaron sus dedos y su lengua, y hasta la muerte, gritó revolución”.
Siempre hay riesgos y peligros, pero las manifestaciones de hoy no tienen el grado de incertidumbre que tuvieron hace unas décadas, donde por el mero hecho de expresar tus opiniones podía conllevar graves consecuencias. Este es un motivo de progreso y celebración. Todo es mejorable y debe ser mejorado, pero al menos, dentro de los márgenes legales, tenemos la oportunidad de expresarnos. Por tanto, no banalicemos la utilidad de las huelgas y las manifestaciones, no lo tomemos como algo dado, asegurado e inherente a nuestra condición de ciudadanos, porque hoy en día, hay muchos lugares del mundo donde esto resulta un privilegio, una utopía del primer mundo.
Conclusiones
Soy consciente de que escribo desde el oportunismo que me otorga mi posición de espectador y no quisiera trasmitir una imagen de soberbia o moralidad superior con mis palabras porque yo también fui “mis alumnos”. Yo también celebraba cualquier acontecimiento o excusa que alterase la monótona y, en ocasiones aburrida, rutina escolar. De hecho, en la segunda parte de este relato, reflejaré algunos aprendizajes que obtuve por hacer huelga en mi época estudiantil.
Manu Antón
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