Todavía recuerdo el revuelo que originó la aprobación de la Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE), también conocida como Ley WERT, por el ministro de educación que la propuso en 2013. Otro gobierno más, otro cambio más, y tristemente sabemos, que así será sucesivamente.
Recuerdo que entre las muchas críticas que recibió la Ley, destacaban la reducción del gasto público destinado a Educación en 3.700 millones de euros para poder cumplir con los objetivos de déficit establecidos en la UE, el incremento de las tasas universitarias y el temor a que se estableciera un sistema de 3+2, esto es: 3 años de grado y dos de máster, para homogeneizar las titulaciones españolas con las de otros países europeos y facilitar la internacionalización de los estudiantes egresados españoles. En un contexto barnizado por la precariedad laboral, la crisis económica y los cotidianos casos de corrupción, estas medidas generaban, digámoslo suavemente, disconformidad.
Desconozco qué día era con exactitud, pero sé que también se convocó una huelga estudiantil. En este caso, o al menos en la facultad de Derecho donde estudiaba, no fue especialmente secundada. Un amigo me informó que, a media mañana, habría una manifestación. Reconozco que acudí más curioso que convencido de que ese evento y mi participación en él, pudieran modificar algo. Ahora bien, cobarde de mí, yo tampoco hice huelga. Es decir, fui media mañana a clase y posteriormente, me incorporé a la manifestación. La complejidad de asignaturas como Macroeconomía generaban la mejor represión de conciencia posible y por entonces, mi mochila de suspensos ya estaba lo suficientemente cargada. En definitiva, como mis alumnos, yo también fui un huelguista de escaparate.
No obstante, allí nos presentamos mi amigo y yo a media mañana. Había bastante gente, la gran mayoría estudiantes. Lo primero que me llamó la atención fue la presencia de un pequeño grupo que portaba banderas republicanas y del partido comunista. A nadie le sorprendía que el sindicato que convocaba la huelga era de izquierdas, pero realmente, a mí me hubiera gustado que ese tipo de actos carecieran de distintivos ideológicos o partidistas, especialmente, porque indirectamente te vinculan. Y eso sí, ser asociado con algún grupo, clase, partido o propuesta política es normal y frecuente. El problema es el cara o cruz, el todo o nada, el rojo o facha. Y es que, evidentemente, uno sabe de qué pie cojea, pero no por ello, compra todo el discurso o propuesta de su tendencia. Procura que prime el espíritu crítico.
A su vez, considero que la Educación, la Sanidad o la Justicia son conceptos neutros que no están adheridos a ideologías. Nos pertenecen y afectan a todos. Por lo que pienso que, cuando se trata de este tipo de eventos, se debe acudir a ellos como ciudadano individual que aspira a una mejora en un ámbito que beneficiará a toda la ciudadanía, sea del partido que sea.
En fin, como iba relatando, dio comienzo la protesta y la masa recorrió pacíficamente varias de las principales calles del centro de la ciudad. El ruido de los cánticos era notorio, especialmente al pasar por las sedes del Partido Popular y las oficinas de la antigua Bankia, quien se llevó los cánticos más elocuentes: “¡Mírala, ahí está, la cueva de Alí Babá!”. El ambiente era festivo, alegre y sosegado.
Sin embargo, todo cambió conforme se vislumbraba la conclusión del recorrido. El jolgorio y griterío llamaban la atención de algunos curiosos. Entre ellos, destacó una señora de avanzada edad que, asomada desde su balcón, observaba a la comitiva. La señora se percató de las banderas republicanas y comunistas mencionadas anteriormente, y entendió o le pareció oportuno, que ella también podía sacar la suya. Lo único que diferenciaba su bandera de la republicana, era una de las franjas. En su caso, asió la bandera de España. La constitucional, todo sea dicho, por si hay malpensados. La señora comenzó a dar capotazos con ella, toreando metafóricamente a los manifestantes e incluso aplaudiendo al son de los cánticos. Hay que reconocer que la señora tenía su gracia, al igual que lo tenían la mayoría de los cánticos, pero como bien señala el escritor y director Rodrigo Cortés, la ideología, especialmente en sus extremos, es enemiga del sentido del humor.
Tras ver aquello, algunos de los portabanderas se ofendieron y comenzaron a insultar y a increpar a la señora, que no se amedrantó y siguió agitando su bandera. Acto seguido, comenzó el lanzamiento de algunos objetos y un par de individuos golpearon y trataron de romper el telefonillo. Afortunadamente todo quedó ahí, la mujer se resguardó en su casa y la comitiva siguió avanzando, pero tristemente comprendí que la eterna discrepancia entre extremos era irresoluble. Solo deseo que, como entonces, sigan siendo cuatro y que la maldita simbología no sea fuente de intolerancia y nos permita apreciar el lado bueno de las cosas, el lado bueno de cada persona.
Deja una respuesta