Cuando pongo el telediario, las noticias me suenan como la Cabalgata de las Valkirias, con una economía intentando cabalgar por encima de los nuevos y numerosos contagios. Una economía que se hunde al son de la triste banda sonora de Titanic y que resuena bajo el agua, como la Tocata de Bach sonando en el submarino del capitán Nemo. Llegó el otoño, un otoño más triste y apagado que el de Vivaldi, con un creciente caos que cada vez se parece más al que vivimos en primavera, tras un verano de terrazas llenas y salas de concierto tan vacías como la 4’33” de John Cage, la Canción del Silencio. Silencio como el que ahora mismo domina, no solo el mundo de la música clásica, sino el de toda la cultura. Algo se olía Dvorak cuando compuso la Sinfonía del Nuevo Mundo, pero seguro que ni de lejos se imaginaba un nuevo mundo que se olvidara de la cultura.
Ciertas autoridades han alertado del peligro que suponen los espectáculos culturales, llegando incluso a equipararlos con el ocio nocturno, pese a ser un sector que cumple estrictamente todos los protocolos de seguridad. De hecho, no ha habido contagios asociados a este tipo de actividades. El verdadero peligro es generar esta pérdida de confianza hacia el arte, poniendo en riesgo la cultura de un país con tanta riqueza en este ámbito como es el nuestro. Mientras que los nuevos contagios suponen más recomendaciones para la población, estos se están traduciendo en cada vez más prohibiciones para la cultura, que no están siendo acompañadas de ayudas para mantener a flote el sector. Estamos hablando de un bien de primera necesidad que ha sido un indiscutible aliado para mucha gente durante esta crisis, pero que, paradójicamente, también ha sido uno de los más olvidados. Hablamos del sector que hasta ahora ocupaba el tiempo libre de una gran fracción de la población. Un sector también relevante para la economía, representa un 3% del PIB de nuestro país, crea empleo y, más importante aún, cohesión social, ahora más importante que nunca.
Está claro que en este nuevo mundo vamos a tener que convivir con el virus durante bastante tiempo, pero esto no implica que el virus haga enfermar a la cultura. Por ello, es clave buscar espacios de seguridad destinados a la cultura y el tiempo libre de las personas, incentivar el consumo cultural y hacer que el público recupere la confianza perdida, así como promover ayudas para un sector tan vulnerable.
Hace unos días, asistí en el Auditorio Miguel Delibes a un concierto en el que la OSCYL interpretaba Egmont de Beethoven. La toma de temperatura a la entrada, la separación entre espectadores, la sustitución de los programas en papel por códigos QR, la repetición de conciertos para que nadie tenga que quedarse sin asistir por las limitaciones de aforo, con el consiguiente esfuerzo que supone para un músico repetir hasta cuatro veces el mismo concierto, son solo una prueba de todo lo que está poniendo la cultura de su parte para no extinguirse. Asistir a espectáculos culturales que respetan todas las medidas de seguridad no solo implica contribuir a mantener a flote este sector, sino que suponen una especie de cápsula del tiempo en la que poder pasar un par de horas sin ser bombardeados por malas noticias relacionadas con el coronavirus, un espacio en el que reflexionar sobre los bruscos cambios hemos vivido, sin olvidar de dónde venimos y que esto va a pasar en algún momento. Implica también ver a gente muy distinta a tu alrededor unida por un lazo común: la cultura, en una época en la que las diferencias, sobre todo ideológicas, parecen pesar más que cualquier objetivo común. Sobre todo, implica gente con ganas de aportar su granito de arena a mejorar esta situación, tanto artistas como público, que es lo que necesitamos ahora mismo.
Puede que la cultura no cure al virus, pero está claro que no lo invita a sus espectáculos y hace todo lo posible para que no se cuele en ellos. Lo que sí puede contribuir a curar es la brecha social existente. Está claro que se disfrutaría más sin una mascarilla que molesta y da calor, que es más divertida con tus amigos al lado y que, con tanto gel hidroalcohólico, ya no tenemos ni huellas dactilares. Pero también se disfruta más sabiendo que esta es la única forma de mantener su continuidad, que es segura, que cumple todas las medidas de seguridad y que, como en las Valkirias, la cultura también puede cabalgar por encima del virus.
Celia García Campo
Deja una respuesta