Lucía tiene seis años. Está en esa edad maravillosa en la que se mezclan en iguales proporciones una ingenuidad aplastante -de las que hacen mejores a quienes están cerca- y una inteligencia que apunta muy buenas cualidades -de las que ayudan a cultivar la propia-. Despierta y preguntona, como corresponde. Aprende a toda velocidad y sin darse cuenta. Sus padres sí se la dan y cada día se encuentran ante nuevos retos, pues tiene capacidad de poner en aprietos. El de ayer fue dar respuesta, así de sopetón, a la pregunta: “Mamá, ¿qué significa ser honesto?”. Uno tiene que sacar lo mejor de sí mismo para explicarles estas cosas a los niños y encontrar en lo profundo de todos los recovecos de nuestro cerebro: ejemplos, canciones, historias familiares, frases que la niña haya podido escuchar… para ofrecerle una definición que dé valor a la virtud y anime a ejercitarse en ella. ¡Qué misión la de los padres y cuán importante es su formación como tales! Lucía quiere ser honesta y mamá se lo tiene que hacer amable, apetecible y sencillo. Pero vale mucho la pena este esfuerzo porque Lucía será honesta.
Las virtudes atraen, nos atraen, desde muy pequeños. En tan tempranos momentos diferenciamos bien de mal, bueno de malo, quizá rudimentariamente, pero lo diferenciamos. Esas virtudes clásicas: honestidad, sinceridad, lealtad, amistad, laboriosidad, serenidad, paciencia, magnanimidad, prudencia, templanza… La propia palabra virtud tiene connotaciones tan positivas… Sin embargo, hoy a las virtudes tendemos a denominarlas valores, sistema de valores y circunloquios parecidos que desnaturalizan el concepto. En realidad, la diferencia entre valores y virtudes es la misma, sirva el ejemplo, que la que existe entre la salud y estar sano: podemos saber lo que significa salud, pero lo que realmente nos interesa es disfrutarla. Merece la pena ser virtuosos y nos va mucho en ello.
Las virtudes se adquieren, en ocasiones con esfuerzo, se pueden perder o diluir, cuando nos abandonamos o nos dejamos llevar por la moda, lo cómodo, la vergüenza o, peor aún, cuando nos traicionamos a nosotros mismos por lograr un objetivo que nos parece deseable, en forma de más poder, más dinero, etc. Es lo que refleja el famoso, y deleznable, dicho atribuido a Groucho Marx: “estos son mis principios, pero si no le gustan tengo otros”. Esta “grouchada”, hecha real en nuestros días en tantas ocasiones y precisamente por quienes debieran servir de ejemplo a los demás, tiene consecuencias casi irreparables para nuestra sociedad puesto que, quien es incapaz de respetarse a sí mismo, es inimaginable que respete a los demás, a sus más próximos. ¿Qué sociedad puede ser viable sin respeto? ¿Es esta la verdadera razón de nuestra crisis? La correlación existente entre honestidad y crecimiento económico es fuerte. Lo cual es lógico pues está en la base de la confianza y esta en la del sistema productivo liberal.
Ser honesto, como ser leal, ser sincero, ser prudente… son claves de nuestro éxito como personas y, desde ahí, como sociedad. Ser honesto, como lo define el diccionario, supone estar ante una persona decente, decorosa, recatada, pudorosa, razonable, justa, proba, recta, honrada. ¡Cómo no vamos a querer rodearnos de alguien así! Prefiero a un honesto como compañero de viaje que a un deshonesto ¿o no?
¿Qué significa ser honesto? Lo óptimo sería que lo hiciera evidente nuestra propia vida. Todos hemos de ser conscientes de que vivimos en sociedad, que somos corresponsables de su buena salud y que nuestro incentivo no debiera ser aprovecharnos al máximo de ella. Y eso incluye tarea para todos: erradicar el poco aprovechamiento de los estudios, el absentismo laboral injustificado, el favoritismo y la corrupción en el ejercicio del poder, la chapuza en la práctica profesional, el derroche con lo público, el descuido del medio ambiente… La honestidad debemos tomárnosla en serio para que Lucía, su generación y nosotros mismos habitemos un mundo mejor.
Pedro Pablo Ortúñez Goicolea
Artículo publicado en El Norte de Castilla, 18 de agosto de 2020
Deja una respuesta