¿Quiénes fueron los comuneros de Castilla? ¿Tiene sentido hoy en día seguir celebrando esta fiesta? ¿Qué es lo que realmente celebramos?
Quizás para responder a alguna de estas preguntas, sea bueno saber primero qué es lo que nos contaron realmente sobre esta “fiesta” que hoy conmemoramos.
En mi caso, la explicación era bastante sencilla: el pueblo castellano representado por agricultores y campesinos se levantaba en armas contra un Rey extranjero que llegaba a Castilla con el único fin de financiar su aventuras imperiales y dejando al mando a su corte flamenca que, para colmo, ni siquiera dominaba la lengua castellana. El final del relato es conocido: tras una desigual batalla en Villalar, el ejército castellano “armado” con aperos de labranza era aplastado por el ejército real, finalizando la contienda con el ajusticiamiento de los tres caudillos castellanos: Bravo, Padilla y Maldonado.
Sin ánimo de entrar en la labor de historiador, quizá sí convendría repasar determinados lugares comunes como el hecho de si verdaderamente se trató de una revuelta antiseñorial, si realmente fue una lucha entre castellanos y extranjeros o incluso si otro final hubiera sido posible sin los “noes” de la alta burguesía en Burgos y de doña Juana en Tordesillas.
En todo caso, lo cierto es que con la llegada de la democracia, tanto el pueblo de Villalar como el día 23 de abril fueron cobrando fuerza como núcleo del sentimiento castellano y, como no podía ser de otra forma en España, identificándose con un lado del espectro político (dejación de unos, apropiación indebida de otros).
Se consagra de este modo un hecho histórico como mito fundacional del castellanismo actual. Por desgracia, tal y como se lamentaba Óscar Wilde en su día, es más fácil suscitar en un hombre las emociones que la inteligencia. De este modo y como tantas veces ocurre en la historia, se asumen cada vez más posturas frentistas que tratan de justificar errores propios y buscar culpables externos y, que en el fondo, no hacen sino generar iracundos adeptos en un lado y feroces opositores en el otro.
El problema surge cuando, a partir de hechos históricos que el barniz de la ideología convierte en mitos, lo que se busca no es sino acallar la conciencia asumiendo que la responsabilidad de nuestras derrotas (población dispersa y envejecida, fuga de talento, etc.) no recae sobre nuestros hombros, sino sobre los de “los otros” (la globalización, los mercados, etc.). Lo peor como nos enseñaron los comuneros no es la derrota en sí, sino las derivadas que esta trae aparejadas: en nuestro caso, un derrotismo atávico que, una vez más, nos sirve de excusa y justificación simultáneas y que año tras año nos vuelve a condenar en el cadalso en el que ya vimos caer a los comuneros.
El pesimismo no es sino una excusa para la inacción afirmaba recientemente Juan Luis Arsuaga preguntado por su optimismo habitual pero, en nuestro caso, ¿hay alternativa? La respuesta se obtiene a partir de la contestación a dos preguntas:
¿Tiene sentido celebrar una derrota?
La historiografía moderna relativa a las comunidades de Castilla nos muestra, de manera clara e indubitada, que el enfoque que debe darse a la revuelta excede con creces la visión reduccionista y maniquea a la que nos referíamos al principio. Así, autores como José Antonio Maravall, Fernández Álvarez o Joseph Pérez prescinden de esta visión “sensacionalista”, poniendo el énfasis en factores absolutamente distintos; de este modo, salen a la luz aspectos desconocidos (o directamente obviados), tales como la participación esencial de la Iglesia en los orígenes intelectuales del movimiento, el protagonismo abrumador de la clase media urbana en la revuelta y, en definitiva, su carácter liberal, entendiendo como tal la búsqueda de la supresión de privilegios de clase y exigiendo la plena autonomía de las Cortes (“el Reino por encima del Rey”).
En definitiva, en estas visiones lo que viene a ponerse de manifiesto no es solo el enorme trasfondo del movimiento con reivindicaciones políticas, económicas y sociales propias de una nación moderna y que hasta mucho tiempo después no se vería en ningún otra nación europea; sino un movimiento poliédrico, trasversal y complejo que, en el fondo, no dejaba de situar a Castilla como referente del resto del continente y que suponía un giro copernicano para la época, yendo mucho más allá de una mera lucha de clases o una batalla del pueblo contra el poder imperante del momento.
¿Qué queda de los comuneros hoy en día?
En la España invertebrada, el “ensayo de ensayos” que debería ser lectura imprescindible (con independencia de estar o no de acuerdo en sus conclusiones), Ortega y Gasset apunta a la falta de referentes, “la ausencia de los mejores”, para justificar la aparición de movimientos territoriales nacionalistas. De hecho, ubica el problema en la propia Castilla, ya que de igual forma que la idea de grandes cosas por hacer engendró la unificación nacional, la ausencia de las mismas acaba condenando al fracaso el proyecto común. En este sentido, destaca su afirmación “Castilla ha hecho a España y Castilla la ha deshecho”. Pero, ¿verdaderamente ha perdido Castilla sus referentes?
El controvertido informe PISA sitúa de manera recurrente a los alumnos de Castilla y León en las primeras posiciones del ranking. Mientras que es bien sabido que una mayor renta y poder adquisitivo suelen ser en general sinónimos de mejores resultados académicos (lo que debería llevar a extraer conclusiones acerca de la dicotomía entre meritocracia e igualdad de oportunidades), interesa aquí destacar uno de los motivos a los que se achaca evaluación tras evaluación la consecución de tal posición, especialmente cuando Castilla y León no está entre las comunidades “ricas” del país. Y este no es otro que la existencia de padres concienciados con la educación. Padres que en muchos casos ni siquiera han tenido acceso a una educación que ahora se considera básica, que han crecido y se han desarrollado en pequeños pueblos y que, a base de trabajar y “armados” esta vez sí con sus aperos de labranza, han logrado dar a sus hijos las oportunidades que ellos no tuvieron para sí. Han hecho lo imposible para conseguir lo impensable: 500 años después de que unos hombres situaran a Castilla como referente al que mirar (y admirar), los castellanos volvemos a estar en una posición privilegiada para luchar por estar en la vanguardia.
Por eso, la fiesta de los comuneros no es, no puede ser, la conmemoración de una batalla perdida, sino la espoleta para conseguir el objetivo buscado. Un ejemplo para mirar más allá, para dejar atrás el pesimismo y la búsqueda de culpables, olvidar los posicionamientos políticos y las afrentas históricas; es, en definitiva, el momento de creer que un futuro mejor es posible. Sencillamente, porque nuestros padres creyeron y se hicieron merecedores, por fin, de la victoria. Sencillamente, porque el legado que hoy nos ceden nuestros padres de trabajo y sacrificio, constituye en sí mismo un referente que nos exhorta y alienta a convertirnos en referentes de otros y no en meros espectadores. Sencillamente, porque si no lo hacemos así, esta vez seremos nosotros los que estaremos condenando a los comuneros, a los de 1521, pero también a los del siglo XXI.
César Herreras Hernández
Deja una respuesta