Estos días se informaba de que España, por fin, se ponía a la cabeza de algo entre los países de la UE: es el país que peor ha gestionado la crisis del coronavirus, tanto desde la perspectiva económica como sanitaria.
No nos sorprende, lo sorprendente hubiera sido ocupar cualquier otra posición en el ranking. Y eso es así, en mi opinión, porque en realidad no ha habido gestión de la pandemia, sino de sus consecuencias políticas a corto -inmediato- plazo.
Francia está cerca de nosotros en mala gestión. ¿Y qué podemos tener en común un país descentralizado en autonomías de dudosa eficacia, con un país centralizado, aparentemente también por tanto de dudosa eficacia? Compartimos la fragmentación política, el chapuceo político, el peso de una clase política híper dimensionada y preocupada por tratar de conocer en tiempo real qué dicen las redes sociales sobre el tweet que acaba de poner su dircom. No hay visión de largo plazo, pero tampoco de medio y, parece, que ni siquiera de corto. El plazo que preocupa es inusual en política seria: el nanosegundo. ¿Y qué decisiones políticas y de gestión se pueden adoptar así?
Mucho se habla de motivación. Y se piensa, cuando se usa este término, en los adolescentes o en los niños de más corta edad. En el ámbito de los adultos parece más un término de las empresas y sus trabajadores. Pero ¿cómo lo aplicaríamos a la denominada clase política? ¿Cuál es su motivación? Algunos dirán que ganar el dinero que no ganarían en el mercado libre, y no les falta razón. Pero hay otra motivación perversa que los acompaña el mismo día que están celebrando con sus afiliados haber ganado unas elecciones. No han hecho sino ganarlas y ya están pensando en cómo ganar las siguientes. La estructura de sus incentivos es perversa y completamente inútil. ¿Se imaginan que cuando les toque ser presidentes de su comunidad de vecinos estén pensando en cómo volverlo a ser al año que viene, en lugar de resolver el problema de goteras del tejado, o el del ascensor que se cuelga los fines de semana, o el de la empresa que viene a hacer las limpiezas del portal? ¿Cómo ha podido ocurrir esta disociación según la cual, para ganar las próximas elecciones es preferible que no tengas visión de Estado, ni preocupación por el bien común? ¿Y qué podemos hacer como ciudadanos para revertir esta perversión?
El poder asociado a la clase política y a quien lo desempeña es la clave. Este, en su origen, emana del pueblo y una serie de personas que salen de ese pueblo lo gestionan como administradores, no como propietarios. Sobre quiénes deben ser esos representantes del pueblo o cómo se les elige se ha escrito mucho y la historia nos muestra la práctica de los resultados: dictaduras, tecnocracias, oligarquías… Nada mejor que la democracia. Hoy los partidos que más la esgrimen coinciden con los que más la socavan y los políticos profesionales debieran ser los más comprometidos en valer su causa. De otro modo las odiosas comparaciones surgen solas y, aparentemente, a quienes les va bien en circunstancia como la actual, es a las autocracias rusa o china: hasta disponen de vacuna propia. Se reproduce la misma situación que ocurrió en cualquiera de las grandes crisis de la historia reciente: ¿será preferible tener un cirujano de hierro? Se preguntaban los españoles de principios del XX; ¿no sería preferible un poder fuerte, dijeron casi todos los países europeos en los años veinte y/o en los treinta?
Es urgente, dudo de si nos ha pasado el tiempo y ya sea demasiado tarde, de poner a los partidos políticos en su sitio. De otro modo, las desafecciones hacia las instituciones y su desprestigio no harán sino aumentar y eso sí que es peligroso, mucho más que cualquier coyuntura, por difícil que esta sea.
Cada vez son más los jóvenes formados y con ideas propias -el futuro- que desconfían de las actuales instituciones, de los partidos políticos y su selección de líderes y candidatos, de que su voto tenga la misma consideración que el de alguien con menos criterio, menos formación y que vota con las vísceras (en cualquiera de sus formulaciones: fake news, redes, telebasura…), si es que vota. Pero esto son síntomas evidentes del fracaso. Es verdad que Cicerón consideraba que el funcionamiento de la democracia requería tres principios: pueblo culto, gobernantes honestos, leyes justas. Me dirán que andamos escasos de todo ello… Pero ¿es mucho pedir?
Pedro Pablo Ortúñez
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