La utilidad del término generación puede ser cuestionada en primer lugar porque crea confusión el hecho de que se utilice por diversas disciplinas –sociología, literatura, filosofía, historia del arte, psicología social, marketing…
En concreto, en el ámbito sociológico, el concepto generación es una de las contribuciones de España al pensamiento sociológico universal: el epígrafe «generación» de la Enciclopedia Internacional de las Ciencias Sociales lo escribió el filósofo Julián Marías, discípulo de José Ortega y Gasset.
En este campo, la mayor parte de la literatura sobre generaciones trata sobre los jóvenes, intentando identificar unos rasgos comunes en su forma de ver el mundo y vivir en él.
Este enfoque del estudio de las generaciones, tendente sobre todo al análisis de los problemas de la juventud, es por una parte, lógico (no en vano el término proviene del latín generatio, que significa engendrar) y por otra, útil, en el sentido de que no cabe duda de que las personas nacidas en el mismo marco temporal y espacial es muy probable que compartan actitudes y un modo de entender la sociedad marcado por el momento en que les tocó crecer, y por ello, estas características debidamente analizadas puedan explicar e incluso anticipar muchos de los cambios producidos en la historia.
De hecho, una de las teorías más importantes de las generaciones es la del pensador español Ortega y Gasset, que argumentaba que las personas nacidas en la misma época compartían la misma sensibilidad vital. Así, consideraba las variaciones de esta sensibilidad vital como decisivas en la historia y por tanto, la generación: el concepto más importante de la historia.
No obstante, la importancia y utilidad del término generación se ha cuestionado mucho desde los años sesenta, con la aparición de teorías neomarxistas que consideraban la juventud como una nueva clase y la lucha de clases, el verdadero motor de la historia.
Pero, sin entrar tanto en la discusión sobre la conveniencia del término para el análisis de los cambios a lo largo de la historia y aunque no se pueda descartar que con la situación actual se acabe denominando a toda una generación “la generación pandémica” o “generación Covid-19”, es posible que exista actualmente una dificultad para poder delimitar generaciones, es decir, para identificar acontecimientos susceptibles de ejercer efectos duraderos sobre quienes los experimentan, de manera que los contemporáneos que vivieron esa experiencia en la misma etapa de socialización creen una consciencia de pertenencia a una generación (esto sucede con guerras mundiales, revoluciones, crisis políticas…).
Las causas de esta crisis conceptual para determinar generaciones podrían encontrarse en el individualismo de la sociedad, en la globalización o en la dificultad de aparición de generaciones políticas como consecuencia del envejecimiento de la población.
En cuanto a la globalización, no creo que sea tanto un factor que pueda utilizarse para cuestionar la utilidad de las teorías de las generaciones, sino más bien un nuevo enfoque. Así, puede ser interesante analizar si la globalización influye en la homogeneización del término a nivel mundial.
En este punto, Ulrich Beck plantea si existe una generación global. Para contestar a esta pregunta es necesaria, sostiene, una “Sociología cosmopolita”. Este enfoque no implica un análisis unitario del concepto, sino que significa una ruptura con las perspectivas nacionales, ampliando la investigación de un marco de referencia espacial centralista a uno más global. De este modo, desaparecen los análisis con premisas de frontera y aparecen teorías que llevan a la constitución de generaciones a escala global, como grupos humanos que toman consciencia de problemas políticos, sociales y económicos internacionales, como puede ser el calentamiento global.
En lo referente a las trabas para la determinación de generaciones políticas -entendidas como grupos etarios que trabajan para conseguir cambios políticos y sociales- surgidas como consecuencia del envejecimiento de la población, es posible que se pueda excusar cierto inmovilismo institucional vinculado al encanecimiento del censo electoral. Pero este problema se enmarca en el eterno conflicto generacional.
De manera que con el aumento de la esperanza de vida, la disminución de la natalidad y el consecuente envejecimiento de la población tampoco pierde interés el estudio de las generaciones, sino que gana importancia la necesidad de virar el enfoque hacia el análisis de los problemas de los mayores así como hacia las relaciones intergeneracionales.
Este enfoque, que sería el de la sociología de la vejez, tiene grandes cuestiones a tratar: las vulnerabilidades y problemas sociales vinculados al envejecimiento, las necesidades de salud, los cuidados, los comportamientos económicos de los mayores…
El envejecimiento de la población también plantea retos económicos enmarcados en el análisis intergeneracional: el continuo debate sobre la financiación de las pensiones no es otro que un problema a tratar por la “economía generacional”, así como la posibilidad de quiebra de los sistemas de salud financiados públicamente y la desaceleración o retroceso del crecimiento económico, todos ellos provocados por la disminución relativa de la población en edad económicamente productiva.
En este contexto, con el propósito de encontrar soluciones innovadoras para los problemas económicos, sociales y sanitarios de una población que envejece nació el concepto de “envejecimiento activo”, acuñado por la Organización Mundial de la Salud en los años 90 y cuyo objetivo es que los mayores sigan jugando un papel importante en la sociedad.
Así, para fomentar y fortalecer la solidaridad intergeneracional en los Estados Miembros, la Unión Europea designó 2012 como el Año Europeo del Envejecimiento Activo y de la solidaridad intergeneracional.
En este orden de cosas, y volviendo al problema que conlleva la delimitación de generaciones, cabe plantearse otro modo de definirlas: llevando a cabo un análisis del curso vital y las consecuencias que tienen los acontecimientos en principio señalados para marcar generaciones en la forma de envejecer. Es decir, definiendo generaciones más en destino que en origen del proceso de socialización, para extraer conclusiones más empíricas que anticipatorias.
Sea como sea, es palpable que el concepto de generación está más vivo que nunca pese a las dificultades que comporta su determinación, por la riqueza y complejidad de su capacidad analítica y porque, en palabras de Bauman: “Igual que los conceptos de ‘nación’ o de ‘clase’, el término ‘generación’ es performativo —expresiones que crean una entidad con sólo nombrarla—, una llamada o un grito de guerra para llamar a filas a una comunidad imaginada o más precisamente convocada.”
Además, es posible observar una suerte de industria de publicaciones sobre el tema, tratando de analizar diferencias y similitudes entre la generación Y, la Z y recientemente le va tocando el turno a la generación alfa, cuyo único afán parece ser el de colocar etiquetas.
Esta fijación de estereotipos implica una categorización peligrosa que supone realizar simplificaciones sin tener en cuenta el poder de las etiquetas sociales en el comportamiento de las personas en su proceso de desarrollo, que puede llevar a que estas tiendan a socializar asumiendo un rol preasignado.
Y todo esto cuando ya Karl Mannheim (1893 – 1947) señalaba que la simultaneidad cronológica no basta para constituir posiciones generacionales y Ortega y Gasset (1883-1955) ya contribuyó a la idea de que lo importante no es la sucesión, sino la superposición de generaciones.
De hecho, y en cualquier caso, con el aumento de la esperanza de vida aumenta el número de generaciones que coexisten en la sociedad; y es por ello que las relaciones intergeneracionales, ahora más que nunca, son el campo de investigación que tiene mayor potencial.
Queda pues patente la vigencia del concepto, no sólo porque no hay más que echar un vistazo por internet a todo lo que se ha escrito sobre los millenial, sobre la generación Z y lo que ya se publica sobre la generación alfa, sino por la variedad de enfoques, la importancia de los problemas que potencialmente pueden resolverse utilizando como vehículo el análisis intergeneracional, y la variedad de las preguntas que podemos formularnos para reflexionar y debatir: ¿Existe un modo de “generar generaciones”? ¿Existe una generación global? ¿Es el envejecimiento activo el antídoto al eterno conflicto intergeneracional?
María López Sanvicente
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